Sep 08, 2017
El peligro de ser culto
Cuando
la escuela no forma en el conocimiento, una gran formación la encontramos en la
cultura procurada por uno mismo. Este valor de erudición fue cierto hasta que
la tecnología ganó terreno en el almacenamiento de información.
La
formación del gran ilustrado como el hombre sabio y filántropo arropó a figuras
de la talla de Platón, Karl Marx, Leonardo da Vinci, Dante Alighieri, Miguel de
Cervantes, Albert Camus, Sartre y muchos otros, que dejaron patente sus
conocimientos en una o varias disciplinas.
Muchos
de ellos pasaron sus vidas solitarios, grandes solitarios. Asumían
características de creadores, es decir, una especie de sabio del que todo lo
domina, con modales refinados, no ásperos; con palabras adecuadas, tan suaves
como sutiles que sólo hacían movimientos adecuados, es decir, de figura
exquisita distinta. Y si a todo esto se
le añade un traje de vestir a la persona (como si los otros no lo fueran) se
ganaba mucho terreno.
Se
trataba por lo mismo natural que erudito, astuto pero informado. Ser voraz en
su actuar era penado, señalándolo como pedante, soberbio y esto era el origen
de mala fama. O de entrar en sospechas de un equilibrado actuar en su vida
social.
Hubo
un lapso en que el respeto se ganaba con la molesta acción de quemarse las
pestañas. Al contrario, se consideraba a los hombres silvestres, rústicos como
plantas de la sierra, con olor a flores de sanjuan.
En
ese tiempo, a los eruditos se les proporcionaba un lugar privativo en la
sociedad. La sombra les seguía y ellos marcaban algo distinto en las cosas que
emprendían; fuera un pensamiento, unos trazos que reflejaran esa realidad que
ellos concebían o el invento de una máquina.
Yo
conocí a unos sabios de pueblo que
tenían ese aliento de futuro. Salían a la calle sólo para ventilar las
mariposas y los sueños; debíamos hacer referencia a ellos porque tenían un sitio privilegiado
en la sociedad de su momento.
"Ser
culto” y "ser inteligente” se consideran estados distintos del
intelecto. Uno se refiere a la
"cultura” que posee una persona y el otro tiene connotaciones un tanto más
científicas, como una característica casi fisiológica que puede medirse y
cuantificarse, sin duda producto de la evolución.
Por
ello debemos estar atentos a distinguir entre uno y otro. Confundirnos es
alterar las posibilidades del futuro y seguramente del pasado. Viviríamos en un
error de desigualdad. De hecho las formas especializadas de los hombres y
mujeres cultos asumen algo de clasismo, algo donde las reverencias se hacen de
forma selectiva. Ante esto debemos estar atentos ahora que la tecnología ha
cambiado paradigmas que se utilizaban para considerar la cultura y la inteligencia.
Ser
inteligente ha llevado a hacer experimentos humanos no apropiados, salvajemente
competitivos, nada racional ni humano. Porque hemos visto la cultura y la
inteligencia como algo que se confronta, cuando esto ha ocurrido el ser humano,
éste pierde su característica, de mirar al firmamento, de soñar con las
estrellas. Para algunos no tener cultura se compensa con el hecho de, por
ejemplo, poder resolver problemas con facilidad, o vivir con sencillez, sin
crearse esos laberintos absurdos en los que a veces se mete la gente culta.
Ninguna categoría es mejor que otra. Desafortunadamente, es cierto que tanto la
cultura como la inteligencia están relacionadas con la desigualdad. ¿Cómo
evitar estas desigualdades?
Sólo
siendo inteligentes y cultos (lo que primero aparezca) nos dará una vida más armónica.
Seguramente
dejaremos de estresarnos cuando hagamos las
cosas en la vida sin estas rivalidades.
Yo
conozco personas que siguen considerando la vida entre los tontos y él. ¿Cómo
hacer para vivir en armonía en nuestra sociedad actual? Dejemos de tener temores
al fracaso, ya que eso impide el desarrollo pleno de nuestra inteligencia,
apartémonos del confort y tengamos una idea muy concreta de lo que queremos, y
seguramente será una afición a las cosas que nos gusten dando toda nuestra
entrega.
Afirma
German García: "Ser culto, hoy, es conocer qué del pasado se actualiza en
nosotros bajo la forma de una memoria. En cambio, la ciencia es el arte del
olvido, en el sentido de que está ligada a la tecnología, y el último celular
deja en el olvido al anterior. El sueño positivista es unificar la cultura bajo
la égida de la ciencia. Pero es en el interior de la ciencia donde este sueño
se cae. El científico no es un sabio, sino alguien que se ha alienado en un
saber toda su vida. Y que no tiene que leer nada más que lo que compete a su
ámbito.”
¿Usted
qué opina, estimado lector?

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