lunes, 2 de octubre de 2017

Sep 08, 2017
El peligro de ser culto

Cuando la escuela no forma en el conocimiento, una gran formación la encontramos en la cultura procurada por uno mismo. Este valor de erudición fue cierto hasta que la tecnología ganó terreno en el almacenamiento de información.
La formación del gran ilustrado como el hombre sabio y filántropo arropó a figuras de la talla de Platón, Karl Marx, Leonardo da Vinci, Dante Alighieri, Miguel de Cervantes, Albert Camus, Sartre y muchos otros, que dejaron patente sus conocimientos en una o varias disciplinas.
Muchos de ellos pasaron sus vidas solitarios, grandes solitarios. Asumían características de creadores, es decir, una especie de sabio del que todo lo domina, con modales refinados, no ásperos; con palabras adecuadas, tan suaves como sutiles que sólo hacían movimientos adecuados, es decir, de figura exquisita distinta. Y si  a todo esto se le añade un traje de vestir a la persona (como si los otros no lo fueran) se ganaba mucho terreno.
Se trataba por lo mismo natural que erudito, astuto pero informado. Ser voraz en su actuar era penado, señalándolo como pedante, soberbio y esto era el origen de mala fama. O de entrar en sospechas de un equilibrado actuar en su vida social.
Hubo un lapso en que el respeto se ganaba con la molesta acción de quemarse las pestañas. Al contrario, se consideraba a los hombres silvestres, rústicos como plantas de la sierra, con olor a flores de sanjuan.
En ese tiempo, a los eruditos se les proporcionaba un lugar privativo en la sociedad. La sombra les seguía y ellos marcaban algo distinto en las cosas que emprendían; fuera un pensamiento, unos trazos que reflejaran esa realidad que ellos concebían o el invento de una máquina.
Yo conocí a  unos sabios de pueblo que tenían ese aliento de futuro. Salían a la calle sólo para ventilar las mariposas y los sueños; debíamos hacer referencia  a ellos porque tenían un sitio privilegiado en la sociedad de su momento.
"Ser culto” y "ser inteligente” se consideran estados distintos del intelecto.  Uno se refiere a la "cultura” que posee una persona y el otro tiene connotaciones un tanto más científicas, como una característica casi fisiológica que puede medirse y cuantificarse, sin duda producto de la evolución.
Por ello debemos estar atentos a distinguir entre uno y otro. Confundirnos es alterar las posibilidades del futuro y seguramente del pasado. Viviríamos en un error de desigualdad. De hecho las formas especializadas de los hombres y mujeres cultos asumen algo de clasismo, algo donde las reverencias se hacen de forma selectiva. Ante esto debemos estar atentos ahora que la tecnología ha cambiado paradigmas que se utilizaban para considerar la cultura y la  inteligencia.
Ser inteligente ha llevado a hacer experimentos humanos no apropiados, salvajemente competitivos, nada racional ni humano. Porque hemos visto la cultura y la inteligencia como algo que se confronta, cuando esto ha ocurrido el ser humano, éste pierde su característica, de mirar al firmamento, de soñar con las estrellas. Para algunos no tener cultura se compensa con el hecho de, por ejemplo, poder resolver problemas con facilidad, o vivir con sencillez, sin crearse esos laberintos absurdos en los que a veces se mete la gente culta. Ninguna categoría es mejor que otra. Desafortunadamente, es cierto que tanto la cultura como la inteligencia están relacionadas con la desigualdad. ¿Cómo evitar estas desigualdades?
Sólo siendo inteligentes y cultos (lo que primero aparezca) nos dará  una vida más armónica.
Seguramente dejaremos de estresarnos cuando hagamos las  cosas en la vida sin estas rivalidades.
Yo conozco personas que siguen considerando la vida entre los tontos y él. ¿Cómo hacer para vivir en armonía en nuestra sociedad actual? Dejemos de tener temores al fracaso, ya que eso impide el desarrollo pleno de nuestra inteligencia, apartémonos del confort y tengamos una idea muy concreta de lo que queremos, y seguramente será una afición a las cosas que nos gusten dando toda nuestra entrega.
Afirma German García: "Ser culto, hoy, es conocer qué del pasado se actualiza en nosotros bajo la forma de una memoria. En cambio, la ciencia es el arte del olvido, en el sentido de que está ligada a la tecnología, y el último celular deja en el olvido al anterior. El sueño positivista es unificar la cultura bajo la égida de la ciencia. Pero es en el interior de la ciencia donde este sueño se cae. El científico no es un sabio, sino alguien que se ha alienado en un saber toda su vida. Y que no tiene que leer nada más que lo que compete a su ámbito.”

¿Usted qué opina, estimado lector?

No hay comentarios:

Publicar un comentario