Oct 06, 2017
La poesía, verdad hoy
o ilusión
"Los poetas no escriben
libros”, es el título de un artículo de Fabio Morábito que incluye en el libro
"El idioma materno”, donde comenta que los poemas no pueden hacer un libro, y lo llamamos
precisamente libro por comodidad. El cuento, como el poema, tiene como destino
valerse por sí solo, caminar con propia personalidad, y reunirlos en un volumen
es una ventaja.
El poema tiene que ver más con la
voz y el sonido, que con la escritura; se escribe poesía a pesar de la
escritura, en esa alarma de sordera que los espanta. Escribimos los poemas para
formar una bitácora de los sentimientos. Cuando queremos recordar el tiempo
invertido en ellos los encontramos con palabras petrificadas y hay que
empujarlas a un río que lleva aguas de corrientes presurosas para que se laven
y transformen en nuevas imágenes lavadas, guijarros cantarines y alegres.
El poeta es un profeta que denuncia
el estado de cosas, revienta la moral porque está corrompida y se le vuelve
sueño y el sueño se le aparece en la noche de vela de duerme, vela como un
fantasma que lo acosa. Que lo hace declarar contra sí mismo. Se denuncia a sí
mismo, porque sus pies chiclosos tienen dificultad en dar pasos, son el cordero
que se consagra y luego se enmienda con la luz de sus palabras. Para el poeta
el trabajo de recolectar en la oscuridad los sonidos más claros se le dificulta
porque es torpe y sólo escucha su voz.
Los poemas cada uno vale por sí
mismo. Traer un manojo de poemas es sólo una forma de cargarlos con ironía o
con buen humor. Son atisbos de la realidad más profunda.
Por eso hay la necesidad de
desnudarse, de presentarse a plenitud, como buscando raíces en esas
profundidades, donde se encuentran flores y huesos quebrantados por el tiempo,
donde se vegeta otra vida, hay que encontrar esas palabras, reanimarlas,
volverles el sonido, la luz, la imagen, dejarlas que se recobren el aliento,
aunque pongamos en ellas sangre nuestra.
Las palabras forman una
genealogía en el tiempo inescrutable, tienen el misterio del ámbar, la luz del
zafiro, la dimensión de la tierra cuando
era sol y en movimiento, cuando dejó el calor original y se volvió estrella
fatal.
Cuando uno presenta un volumen de
poemas debe derramar las aguas bautismales sobre la cabeza del autor. El poeta
sea del tamaño que sea, tenga la condición que tenga, debe hacer un acto de
contrición, debe pedir perdón por alentar palabras bravas desorbitadas con ojos
magma ardiente olor a azufre, el agua vertida será agua derretida, por
necesidad se esfumará en un chirrido, en un vapor, en un nuevo espíritu tomará
su propia longitud en el espacio.
El presentador de un poemario
tiene la obligación de mirar a los participantes, ver su semblante, pedirles
una sonrisa, no cómplice del por
supuesto, sino agradecida por su asistencia a este evento donde se concentran a
los iniciados, los no pueden tapar el sol con un dedo, los que descubren la
noche más oscura porque han cavado con sus manos agradecidas en corazón.
Luego se deben alargar las letras
de los poetas sin deformarlas, sacarle el sonido a las mayúsculas sin
financiamiento de llantos, ni nos rasgaremos las vestiduras en las minúsculas o
en las letras sin cadencia.
Enalteceremos las oraciones
completas y las frases incompletas se arremolinan con quien inicia una
procesión, se reúnen al sonido del tambor machacón y acompasado, entonces el
poeta se pone a la vanguardia protegida por la cruz y el incienso y abrirá paso
a la caminata con gallardía y mesura,
con el rancio sentido del amor.
Junto al poeta aparecerán en
procesión los guardianes del alma, salerosos y sexuados, tomarán su turno los
depositarios del corazón llevarán las ofrendas de los versos y los poemas recién
nacidos como espigas que los pone a secar al sol para encontrar imágenes de
soledad, carne arrugada hasta consumirse la última gota de agua; unos parecen
radiografías con huesos rotos, en algunos se encuentran manchas de café, otros
llenos de curiosidad levantan líneas con miradas perdidas en el horizonte,
algunas abejas rondan por poemas dulzones, otros anuncian la eternidad por los
cuatro costados, los más denotan recuerdos, lunas perdidas, remansos de agua y
a estas alturas.
¿Cómo podemos serenar un verso que se revienta contra el
viento?
Fue el poema puño en alto de Juan
Villoro el que conmovió en el reciente desastre del terremoto del 19 de
septiembre cuando se conmemoraba el 32 aniversario del ocurrido en 1985. Cosas
irónicas de la vida que sólo los poetas puedes describir con esa profundidad y
escancia las cosas que suceden.
¿Usted qué opina estimado lector?

No hay comentarios:
Publicar un comentario