May 03, 2017
El
pasado sábado asistimos a un acto de magia extravagante. Este se manifestó en
la edición número XX de la Feria
Internacional del Libro de Arteaga (FILA Coahuila 2017) y un astrólogo quien
realizaba su acto de encantamiento, con
vocablos y con la historia de lectura, nos llevó por el vergel de las
palabras, las plumas seducidas y la tinta tan esencial como la sangre, tan sensible
como la voz.
No
hubo pedantería, el veterano Alberto Manguel, que con gracia
nos decía que esta era una nueva historia que contaba de una historia ya vieja
de la imaginación, construía en ese momento la ciencia de la memoria.
Desvergonzado,
sin máscara aparente, disertó con cadencia; con
murmullo ensoñador nos llevó por la ladera de la montaña hasta un punto
alto, tan alto que podíamos ver el valle de la tierra prometida, entonces levitábamos, soñábamos.
Con
sus palabras nuestros rostros adquirieron una nueva luz, la luminosidad, la más
pura, era el momento de la consagración.
Provocamos un nuevo canon, en ese momento culminante se nos permitió reconocernos, estábamos entusiasmados y cobraban un lugar en
la ceremonia los grandes artífices de la
localidad: Eliecer Jáuregui, quien domina con sonidos las conversaciones; Jesús
Guerra, que da orden a las palabras; Carlos Valdés Dávila, que sabe de la
historia con profundidad; Humberto Vázquez, que da comunicación clara a los
acontecimientos, y muchos jóvenes
inocentes que aguantaron con silencio prudente lo que acontecía.
Los
fuertes sonidos de una suave voz que no
perdió intensidad ni dinamismo, se fue
escuchando y dominó con el poder
de las palabras a la audiencia y a los lejos
un run run de murmullo
cadencioso. Elsa Martha, mi esposa, tomaba nota, y yo quería capturar la imagen de los hechizos con una fotografía.
En
la presentación hecha por Victoria, encargada del foro artístico, ella proporcionó
unos datos biográficos del conferencista
a quien descubrió en su última encomienda como director de la Biblioteca
Nacional de Argentina, sitio
privilegiado para la creación y
la memoria. Entonces supimos que era un ordenador del universo.
A
mí me gustó la forma en que él tomaba notas para alimentar su discurso; de una
libreta roja y pequeña, misma que dejó en mí la duda de cómo eran las
anotaciones que Manguel realizaba ¿quizás solo signos, rasgos llenos de misterio, de sabiduría y
claridad?
Todo
lo que relató eran historias conocidas. Por ejemplo: la narración sobre san
Agustín, que había visto a san Ambrosio leer en silencio y se maravilló, se
maravilló Manguel; yo me volví a maravillar con lo dicho. ¿Cómo puede una
descripción impactar en momentos tan distintos con la misma intensidad? Es que
con la lectura hacemos diálogo con los muertos.
Reconocí
“la primera página ausente” cuando narra “que todo lo que las alegorías tratan de decir es simplemente
que lo incomprensible es incomprensible, y eso ya lo sabíamos” ¿Por qué tanta
terquead? Porque somos eso nosotros, una alegoría.
Al
final de la charla, hubo preguntas.
Curiosamente, al conferencista le
resonaban y no captaba lo que preguntaban; yo pensé que estaba en pleno proceso de
desdoblamiento y que venía caminando entre piedras y escalones, entre huecos y
resonancias. La respuesta no importaba tanto, todo lo dicho, dicho está.
Luego
nos formamos con libros y se oía: – presenta tu evidencia- dijo el rey- y no te
pongas nervioso, o haré que te ejecuten de inmediato.
Los
formados en la fila siempre en busca de la evidencia buscamos la dedicatoria en
nuestros libros. Un saludo amable una evidencia más una fotografía. La locura
misma.

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