lunes, 2 de octubre de 2017

May 03, 2017

El pasado sábado asistimos a un acto de magia extravagante. Este se manifestó en la edición número XX  de la Feria Internacional del Libro de Arteaga (FILA Coahuila 2017) y un astrólogo quien realizaba su acto de encantamiento, con  vocablos y con la historia de lectura, nos llevó por el vergel de las palabras, las plumas seducidas y la tinta tan esencial como la sangre, tan sensible como la voz.
No hubo  pedantería,  el veterano Alberto Manguel, que con gracia nos decía que esta era una nueva historia que contaba de una historia ya vieja de la imaginación, construía en ese momento la ciencia de la memoria.
Desvergonzado, sin máscara aparente, disertó con cadencia; con  murmullo ensoñador nos llevó por la ladera de la montaña hasta un punto alto, tan alto que podíamos ver el valle de la tierra prometida,  entonces levitábamos, soñábamos.
Con sus palabras nuestros rostros adquirieron una nueva luz, la luminosidad, la más pura,  era el momento de la consagración. Provocamos un nuevo canon, en ese momento culminante  se nos permitió reconocernos,  estábamos entusiasmados y cobraban un lugar en la ceremonia los  grandes artífices de la localidad: Eliecer Jáuregui,  quien  domina con sonidos las conversaciones; Jesús Guerra, que da orden a las palabras; Carlos Valdés Dávila, que sabe de la historia con profundidad; Humberto Vázquez, que da comunicación clara a los acontecimientos,  y muchos jóvenes inocentes  que aguantaron  con silencio prudente lo que acontecía.
Los fuertes sonidos de una suave voz que no  perdió intensidad ni dinamismo, se fue   escuchando  y dominó con el poder de las palabras a la audiencia y a los lejos  un  run run de murmullo cadencioso. Elsa Martha, mi esposa, tomaba nota,  y yo quería capturar  la imagen de los  hechizos con una fotografía.
En la presentación hecha por Victoria, encargada del foro artístico, ella proporcionó unos datos biográficos del conferencista  a quien descubrió en su última encomienda como director de la Biblioteca Nacional de Argentina, sitio  privilegiado  para la creación y la memoria. Entonces supimos que era un ordenador del universo.
A mí me gustó la forma en que él tomaba notas para alimentar su discurso; de una libreta roja y pequeña, misma que dejó en mí la duda de cómo eran las anotaciones que Manguel realizaba ¿quizás solo signos,  rasgos llenos de misterio, de sabiduría y claridad?
Todo lo que relató eran historias conocidas. Por ejemplo: la narración sobre san Agustín, que había visto a san Ambrosio leer en silencio y se maravilló, se maravilló Manguel; yo me volví a maravillar con lo dicho. ¿Cómo puede una descripción impactar en momentos tan distintos con la misma intensidad? Es que con la lectura hacemos diálogo con los muertos.
Reconocí “la primera página ausente” cuando narra “que todo lo que  las alegorías tratan de decir es simplemente que lo incomprensible es incomprensible, y eso ya lo sabíamos” ¿Por qué tanta terquead? Porque somos eso nosotros, una alegoría.
Al final de la charla, hubo preguntas.  Curiosamente, al conferencista le  resonaban y no captaba lo que preguntaban; yo  pensé que estaba en pleno proceso de desdoblamiento y que venía caminando entre piedras y escalones, entre huecos y resonancias. La respuesta no importaba tanto, todo lo dicho, dicho está.
Luego nos formamos con libros y se oía: – presenta tu evidencia- dijo el rey- y no te pongas nervioso, o haré que te ejecuten de inmediato.
Los formados en la fila siempre en busca de la evidencia buscamos la dedicatoria en nuestros libros. Un saludo amable una evidencia más una fotografía. La locura misma.



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