lunes, 2 de octubre de 2017


La ronda de las muertes nuestras

Uno de los eventos que más marca en la vida propia es la muerte de alguien cercano y querido.
La muerte de la abuela paterna me toco a los cinco años, mi padre tenía en ese momento 36; su mama murió de 64 años. Murió como antes se moría, con un dolor profundo, y en el hogar mismo. Ella murió en el mesón que recién se había convertido en taller mecánico. Nadie moría en clínica o sanatorio, pues no existían en el pueblo.
Entre sueños recuerdo como debajo de la cama, donde ella agonizaba, había unas campanas, mismas que disputaba por sonarlas a cada padre nuestro, que anunciaba un nuevo misterio del rosario. El rosario lo guiaba la tía Cuca, con una voz profunda y litúrgica refinada: requiescant in pace, dale señor, el descanso eterno. Y brille para ellos la luz perpetua. Descanse en paz, eso lo creíamos, aunque no supiéramos el significado, eso impactaba sobre manera.
Después me pregunte ¿para qué descansar en paz?
Tiempo después, la muerte brinco con su guadaña a la cuna de todos los hermanos de mi padre. Cada uno perdió un infante, y nosotros perdimos a Felipe, a quien la muerte tomo sin evidencia alguna de su existencia. Por ello mi tía Cuca lo tomo, y corrió con el pequeño hasta la fotografía, y obtuvo la evidencia de un niño muerto. Mi madre lloro tanto que solía decir: “no me quedaron lágrimas, me quede seca de llanto desde esa muerte”. Para nosotros la fotografía se volvió una evidencia de sentimientos encontrados.
El abuelo Hermilo murió cuando tenía doce años. Esa muerte la esperamos todos por varios días. Iniciaba diciembre. Como murió temprano, nos tocó ver todo el protocolo que los miembros de la funeraria realizaban para arreglarlo para el velorio.
Se pusieron moños negros en la puerta de la calle, mucha gente llego a dar el pésame. Por la tarde éramos tantos, que resultó insuficiente la casa misma para el velatorio. Entonces la gente se fue acomodando en la calle. Se repartía café con aguardiente o tequila (era el piquete), cigarros, pan dulce de colores chillantes, que se ingerían con gran entusiasmo.

Entre los que llegaron a dar el pésame, venia una banda de viento que con sus notas arañaban el corazón dolido de la noche del velorio. Se llevó la caja y el muerto en hombros hasta el panteón; bueno antes hicimos escala en la iglesia. Fue largo el trayecto, hasta el final de ese recorrido llego el señor cura, que con sus oraciones despidió con solemnidad los restos del abuelo. Toda una década la muerte no se asomó cercanamente, hasta que los primos ya jóvenes comenzaron a morir por causas distintas: una enfermedad mal cuidada, un accidente de carretera, un suicidio.
Para los años 80’s, los abuelos maternos rindieron tributo con su propia vida, y para el inicio del presente siglo, mis padres murieron, luego la hermana mayor.

La muerte entonces ronda las generaciones sin un protocolo definido. Lo cierto es que cada una de las muertes tiene su propia historia y su propio tiempo.

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