lunes, 2 de octubre de 2017

Ago 18, 2017
Los sonidos del agua

A propósito de las vacaciones y los viajes a Chiapas, Oaxaca, Guanajuato, Veracruz, Tlaxcala, Hidalgo, Sonora, Baja California, Durango, Jalisco, Zacatecas, Nayarit, Tabasco y otros estados más que  tienen  un encanto por sus costumbres y por sus escenarios, en ellos se goza con los paisajes, la fauna y con las aves, pero a mí me gusta disfrutar los silencios y los sonidos del agua.
Recientemente fui a Tabasco y fue una grata experiencia visitar ese magnífico parque "La Venta”, ubicado en la capital del estado,  Villahermosa. De entrada al parque uno se encuentra con un zoológico en donde hay especies locales o de la región, monos araña, jaguares, panteras de varios colores, aves, papagayos, quetzales. Dicen que mucho de la concepción del  parque "La Venta” fue obra de Carlos Pellicer, un poeta tabasqueño además de museólogo, que nació en Tabasco en 1899.
Viajero apasionado y poeta de recintos cerrados, fue cantor de los grandes ríos, de la selva y el sol. Ocupó varios cargos importantes en diferentes  museos, fue profesor de literatura e historia y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Además estuvo en la presidencia del Consejo Latinoamericano de Escritores con sede en Roma.
La mejor definición de este poeta la da Octavio Paz: "Gran poeta, Pellicer nos enseñó a mirar el mundo con otros ojos y al hacerlo modificó la poesía mexicana. Su obra, toda una poesía con su pluralidad de géneros, se resuelve en una luminosa metáfora, en una interminable alabanza del mundo: Pellicer es el mismo de principio a fin".
"Piedra de sacrificios” en 1924, "Hora de junio” en 1937,  "Exágonos” en 1941, "Subordinaciones” en 1948 y "Con palabras y fuego” en 1963, son parte de su extensa obra poética. Falleció en 1977.
A partir del zoológico se vive una experiencia diferente y extraordinaria, el visitante comienza un trayecto por un camino con árboles inmensos que dan un cobijo de paz y un clima de energía positiva. El paseo arbolado está adornado con piezas arqueológicas de la cultura olmeca, que según expertos fue una cultura fundacional de México, de las más antiguas. Comentan que es una civilización madre de otras culturas. El paseo culmina con la pieza más conocida, la cabeza de un olmeca. En el trayecto a uno le surgen dudas y preguntas como: ¿Dónde obtendrían la piedra para elaborar estas piezas? ¿Cómo las transportarían? ¿Quién las elaboró con tanta belleza?
Preguntas todas que van quedando en el morral de las  incógnitas por buscar u olvidar.
Cuando uno ha recorrido todo este sitio (ellos han pensado en personas de la tercera edad) y después de haberse tomado un sinfín de fotografías, uno reflexiona: ¿Por qué se perdió esta cultura hermosa y tan llena de estética?  Luego, busca una banca para sentarse y descansar un poco, entonces viene el prodigio, comienza una travesía al escuchar el maravilloso sonido del agua, esto asombra. 
Atónito, uno comienza a diferenciar los sonidos de agua, grande, pesado, algo que que va irrumpiendo con fuerza y presión; luego escucha aguas medianas que forman curso de aguas formales, fastuosas; después vienen las aguas pequeñas y cristalinas alegres, juguetonas, traviesas que llevan un buen sabor y contagian de júbilo.
Usted se podrá quitar los zapatos e imaginariamente caminar las orillas de los ríos Usumacinta y Grijalva, andar los manglares entre el agua e irse en las aguas hasta su desembocadura en Paraíso, donde el agua  del río se mezcla con las aguas del mar.
Uno no lo sabe de cierto, pero la cultura olmeca y maya más que por los astros, se guió por el agua;  ellos tomaban su sonido serpenteante para sentir en el corazón la vida.

No sé qué tan cierto sea eso de que los viajes ilustran, pero en este parque se cumplen los mejores gozos, retorna uno cansado orgulloso de aliento, con ganas de vivir así todas las experiencias museográficas, por esto se antoja una buena cerveza negra para  rematar el paseo, ¿gustan? estimados lectores ¿dónde ir ahora? 

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