lunes, 2 de octubre de 2017

Sep 06, 2017
Pájaros de azar y destino

De chiripa fui a recoger a unos sobrinos, eso de acopiar sobrinos tiene su encanto o su dificultad depende del tamaño de los sobrinos, entre otras cosas, del grado de escolaridad, de las normas de la escuela y de la paranoia de persecución para secuestro.

En fin, los míos son un poco grandes y las normas de la institución son un poco laxas. Uno se arma de cierta cauda de paciencia, soy la tía soltera “que no hace nada y que me puede recoger a los hijos”… pareciera una fortuna de la soltería. Sin duda el rol de las tías profesionistas sin hijos, ha ido cambiando; somos buena onda, solventes económicamente, pero se nos ve como la que no hace nada, la que puede sacar de problemas domésticos sin tener que alterar su vida cotidiana.

La espera en la puerta de la institución educativa siempre es larga por lo que decidí llevar una libreta y unos colores; me gusta la pintura, eso me distrae. Durante la espera me entretuve haciendo trazos en la libreta, entonces una familia de indígenas, es decir, madre e hijos, -los hombres se esfuman cuando comienzan a procrear y desaparecen como el fantasma que nunca fueron-, uno de esos miembros, un pequeño me preguntó ¿qué haces? y le dije: pinto. Él se interesó en la libreta y los colores; se los cedí, sin dudarlo. Él los tomó y se tiró de panza a hacer dibujos; pronto delineó unos pájaros con colores hermosos, sus trazos eran firmes claros y atractivos. De lejos divisé que hacia líneas sin la menor dificultad y hasta con cierta soltura y gracia. En un instante, como fulgor radiante, especulé sobre cómo había aprendido él a hacer semejante lindura…me moví, cuando observé a mis sobrinos venir hacia mí; el niño indígena entendió con mi movimiento que había terminado el préstamo de los utensilios, tomó la libreta y los colores y me los entregó.  Absorta y entretenida recogí a la vez la libreta y los colores; esos dibujos que había hecho con gran facilidad, eran vivos radiantes, llenos de vida y color.

Enseguida me distraje con las actividades propias de recibir a los sobrinos, tomé la libreta y los colores sin preocuparme.  Luego me vino a la mente que no fui atenta en saber más de ese niño, y de su familia, al que presté mi libreta y los colores; para ese momento algo me había tocado con su habilidad exquisita.

Algo me llamó en lo más profundo. ¿Qué fue eso? no supe pero me impulsó a hacer una búsqueda. Me fui a las comunidades indígenas que sabía estaban alrededor de la ciudad a buscar a ese niño que se evaporó, como si fuera un sueño; elemental, no lo encontré y aun lo sigo buscando.  ¡Me cautivó!  Pero, ¿para qué lo buscaba? No lo sé, me había entusiasmado con sus trazos.

Me fui a una comunidad y decidí estar con ellos cada fin de semana. Mi idea originaria era dar un poco de mi tiempo para enseñar dibujo y pintura; era de lo que me sentía capaz de compartir; deseaba un espacio (una escuelita) de oficios de la cual no tenía un claro concepto.

Llegué a la comunidad, las condiciones y la dinámica de ésta me envolvió; era un mundo donde solo había mujeres, viejos y niños, como en el cuento de Rulfo. Comunidades sin futuro, porque el presente, en cuanto se endereza aun sea jilote, se van a otro sitio.

¿Qué hacer? me veía ridícula llevándoles la pintura y las crayolas. En una ocasión, me agarró el agua,   y buscando buen abrigo, llegué a una de sus casas, es decir a un jacal con techo, con goteras, donde el agua arrancaba sonrisas penosas y cómplices. Todos los reunidos queríamos el cobijo seco, pero todos los terminamos con agua hasta tercera columna y el agua dejaba una huella con lastre a cada gota que escurría.

¿Cómo ve güerita? me dio tanta tristeza, que regresé a la ciudad con un ánimo de ayudar a esa gente. No crea que es fácil entrar en la comunidad, hay un celo especial, digo yo, que tienen razón pues han sido vejados sin consideración por tantos que van a esas comunidades a arrancar lo poco que tienen.

Busqué los permisos con la comunidad para asistir a realizar esa actividad de enseñarles el dibujo.  Sin embargo, eso no bastaba y pedí a unos amigos que me apoyaran. Al visitar la comunidad todo faltaba, casa, vestido y sustento, parecían que la providencia había dejado de asistirlos por siglos.

¿Por dónde comenzar? hay pobres que no hacen ruido, solo ven el horizonte como un altiplano donde el viento forma contracorrientes. Una fotografía de esos primeros momentos en la comunidad, manifiestan un descontrol, entusiasmo, ganas de apoyar.

La ayuda que pedí a un amigo resultó buena y luego se pegaron otros dos y así, hasta conformar el grupo que vamos desde hace dos años a esa labor. La dirección la tengo yo, trabajamos con la anuencia de las gentes de la comunidad, vuelvo a decir, son desconfiados dicen: “mientras vengan contigo, güerita, tiene el permiso”.


La sorpresa es que aún hay limitaciones en casa – ropa- salud- alimentación. Estos son imperativos a atender todo el tiempo. Ellos ayudan en estas labores. Con los niños es otra cosa, pocas actividades se pueden armar pues muchos ayudan a las tareas de apoyo a su padres, bueno a sus madres y abuelos cuando los hay. Ya tenemos salón donde damos las clases de pintura y dibujo, eso me da gusto.

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