Sep 06, 2017
Pájaros de azar y destino
De
chiripa fui a recoger a unos sobrinos, eso de acopiar sobrinos tiene su encanto
o su dificultad depende del tamaño de los sobrinos, entre otras cosas, del
grado de escolaridad, de las normas de la escuela y de la paranoia de
persecución para secuestro.
En
fin, los míos son un poco grandes y las normas de la institución son un poco
laxas. Uno se arma de cierta cauda de paciencia, soy la tía soltera “que no
hace nada y que me puede recoger a los hijos”… pareciera una fortuna de la
soltería. Sin duda el rol de las tías profesionistas sin hijos, ha ido
cambiando; somos buena onda, solventes económicamente, pero se nos ve como la
que no hace nada, la que puede sacar de problemas domésticos sin tener que
alterar su vida cotidiana.
La
espera en la puerta de la institución educativa siempre es larga por lo que
decidí llevar una libreta y unos colores; me gusta la pintura, eso me distrae.
Durante la espera me entretuve haciendo trazos en la libreta, entonces una
familia de indígenas, es decir, madre e hijos, -los hombres se esfuman cuando
comienzan a procrear y desaparecen como el fantasma que nunca fueron-, uno de
esos miembros, un pequeño me preguntó ¿qué haces? y le dije: pinto. Él se
interesó en la libreta y los colores; se los cedí, sin dudarlo. Él los tomó y
se tiró de panza a hacer dibujos; pronto delineó unos pájaros con colores
hermosos, sus trazos eran firmes claros y atractivos. De lejos divisé que hacia
líneas sin la menor dificultad y hasta con cierta soltura y gracia. En un
instante, como fulgor radiante, especulé sobre cómo había aprendido él a hacer
semejante lindura…me moví, cuando observé a mis sobrinos venir hacia mí; el
niño indígena entendió con mi movimiento que había terminado el préstamo de los
utensilios, tomó la libreta y los colores y me los entregó. Absorta y entretenida recogí a la vez la
libreta y los colores; esos dibujos que había hecho con gran facilidad, eran
vivos radiantes, llenos de vida y color.
Enseguida
me distraje con las actividades propias de recibir a los sobrinos, tomé la
libreta y los colores sin preocuparme.
Luego me vino a la mente que no fui atenta en saber más de ese niño, y
de su familia, al que presté mi libreta y los colores; para ese momento algo me
había tocado con su habilidad exquisita.
Algo
me llamó en lo más profundo. ¿Qué fue eso? no supe pero me impulsó a hacer una
búsqueda. Me fui a las comunidades indígenas que sabía estaban alrededor de la
ciudad a buscar a ese niño que se evaporó, como si fuera un sueño; elemental,
no lo encontré y aun lo sigo buscando.
¡Me cautivó! Pero, ¿para qué lo
buscaba? No lo sé, me había entusiasmado con sus trazos.
Me
fui a una comunidad y decidí estar con ellos cada fin de semana. Mi idea
originaria era dar un poco de mi tiempo para enseñar dibujo y pintura; era de
lo que me sentía capaz de compartir; deseaba un espacio (una escuelita) de
oficios de la cual no tenía un claro concepto.
Llegué
a la comunidad, las condiciones y la dinámica de ésta me envolvió; era un mundo
donde solo había mujeres, viejos y niños, como en el cuento de Rulfo.
Comunidades sin futuro, porque el presente, en cuanto se endereza aun sea
jilote, se van a otro sitio.
¿Qué
hacer? me veía ridícula llevándoles la pintura y las crayolas. En una ocasión,
me agarró el agua, y buscando buen
abrigo, llegué a una de sus casas, es decir a un jacal con techo, con goteras,
donde el agua arrancaba sonrisas penosas y cómplices. Todos los reunidos
queríamos el cobijo seco, pero todos los terminamos con agua hasta tercera
columna y el agua dejaba una huella con lastre a cada gota que escurría.
¿Cómo
ve güerita? me dio tanta tristeza, que regresé a la ciudad con un ánimo de
ayudar a esa gente. No crea que es fácil entrar en la comunidad, hay un celo
especial, digo yo, que tienen razón pues han sido vejados sin consideración por
tantos que van a esas comunidades a arrancar lo poco que tienen.
Busqué
los permisos con la comunidad para asistir a realizar esa actividad de
enseñarles el dibujo. Sin embargo, eso
no bastaba y pedí a unos amigos que me apoyaran. Al visitar la comunidad todo
faltaba, casa, vestido y sustento, parecían que la providencia había dejado de
asistirlos por siglos.
¿Por
dónde comenzar? hay pobres que no hacen ruido, solo ven el horizonte como un
altiplano donde el viento forma contracorrientes. Una fotografía de esos
primeros momentos en la comunidad, manifiestan un descontrol, entusiasmo, ganas
de apoyar.
La
ayuda que pedí a un amigo resultó buena y luego se pegaron otros dos y así,
hasta conformar el grupo que vamos desde hace dos años a esa labor. La
dirección la tengo yo, trabajamos con la anuencia de las gentes de la
comunidad, vuelvo a decir, son desconfiados dicen: “mientras vengan contigo,
güerita, tiene el permiso”.
La
sorpresa es que aún hay limitaciones en casa – ropa- salud- alimentación. Estos
son imperativos a atender todo el tiempo. Ellos ayudan en estas labores. Con
los niños es otra cosa, pocas actividades se pueden armar pues muchos ayudan a
las tareas de apoyo a su padres, bueno a sus madres y abuelos cuando los hay.
Ya tenemos salón donde damos las clases de pintura y dibujo, eso me da gusto.

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