lunes, 2 de octubre de 2017

Jun 29, 2017
El infierno es eterno

Mira están ahí, brincan con gran alegría, de lo rojas y calientes están azules y blancas, son chipas que alientan el misterio del demonio. El arcángel Uriel se encarga de los infiernos, él los proteja.
Todo se confunde, José sigue firme metiendo y sacando los fierros de la lumbre y Casimiro pone todo su empreño en el fuelle. El fuelle es como una barriga tan grande que alienta con su soplo de lumbre, se siente en la espalda del carbón y éste reacciona con centellas, como quien levanta el vuelo.
Ambos ponen mucho cuidado en lo que hacen, Casimiro tiene un semblante de diablo flaco, brusco, chupado como ánima; tiene el  tizne untado a la poca piel que como fibras se le hacen como ligas estiradas. José es lo contario, gordo con una barriga voluminosa con un peto de piel que lo hace un chamán de la fragua en pleno ejercicio. Se dedica a dar sonido al fierro, mete y saca lingotes, forma con esos fierros incandescentes clavos, herraduras, verjas, cinceles, barras con puntas filosas.
Cuando pone las herraduras a las patas de mulas, caballos y burros, como una liturgia ensayada cambian los papeles de su actividad.  Uno, Casimiro detiene al animal y José levanta la pata, limpia y raspa con gran efusión la pezuña, a la que da el tamaño apropiado.
La forja siempre está lista, con la lumbre a tiempo, con los fierros calentándose hasta llegar a la incandescencia, y con la pila de agua a distancia para enfriar los fierros.
El humo de esa lumbre brava, se mete por todos los poros de la piel, el tizne se pega sin compasión, y uno huele, como debe oler cualquier trabajador a su propio oficio. El demonio está presente como invocado por las beatas que pasan a la misa. Las ciudades grandes no saben del infierno. Ya no saben ni de beatas ni de llamadas a misa. Todo se volvió extraño.
La boca destila azufre, una pastosidad que sale desde los pulmones de todos hasta chocar en las propias narices del de enfrente. Las flatulencias acosan, el olor a huevo podrido, el pulmón de estiércol. Es el diablo que mata a la gente.
Quizás porque por ello a José no le gustan los chiquillos cerca, posiblemente porque desconfía que les pase algo, comprende que una gota de ese líquido vertido, no da tiempo de nada, hace un agujero si te cae en un pie, no importa que traigas huarache, te penetra como sol de mediodía.
—¿Qué haces, José? —le gritan. —¡Futuro y paciencia! —contesta. Mueve la cabeza porque sabe que el futuro de sus casquillos sonarán en las piedras y rechinarán entre los guijarros cuando quieran detenerse en las bajadas de las lomas.
Él siente ese aire de libertad de los animales en el camino, no el infierno de la fragua que tiene cerca. Hace sueños, ve en la fragua, el origen del caos.
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.
"Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
"Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén”. (Del santo Papa León XIII)
El infierno es eterno. Esto no es tan sólo emotivo, se inunda de fantasías que rondan por la noche. Teme soñar, el sueño inconsciente lo lleva por lugares y situaciones que él no quiere. Mejor soñar sobre el fuego de la fragua, pues sabe cuándo gritarle a Casimiro ¡fuego! y el otro sabe cómo y cuándo hay que apretar el fuelle.

Algunos años después todo desapareció, José se fue buscando las pocas mulas caballos y burros que quedaban; los caminos se hicieron de asfalto, en las formas de vida de la gente el diablo quedó como feo lugar. Lo estético de maneras del infierno desapareció, un impactante viaje al interior del mundo, para buscar los poderosos resortes que lo mueven y transitar por esta tierra con más sueños. 

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