Jun 29, 2017
El infierno es eterno
Mira
están ahí, brincan con gran alegría, de lo rojas y calientes están azules y
blancas, son chipas que alientan el misterio del demonio. El arcángel Uriel se
encarga de los infiernos, él los proteja.
Todo
se confunde, José sigue firme metiendo y sacando los fierros de la lumbre y
Casimiro pone todo su empreño en el fuelle. El fuelle es como una barriga tan
grande que alienta con su soplo de lumbre, se siente en la espalda del carbón y
éste reacciona con centellas, como quien levanta el vuelo.
Ambos
ponen mucho cuidado en lo que hacen, Casimiro tiene un semblante de diablo
flaco, brusco, chupado como ánima; tiene el
tizne untado a la poca piel que como fibras se le hacen como ligas
estiradas. José es lo contario, gordo con una barriga voluminosa con un peto de
piel que lo hace un chamán de la fragua en pleno ejercicio. Se dedica a dar
sonido al fierro, mete y saca lingotes, forma con esos fierros incandescentes
clavos, herraduras, verjas, cinceles, barras con puntas filosas.
Cuando
pone las herraduras a las patas de mulas, caballos y burros, como una liturgia
ensayada cambian los papeles de su actividad.
Uno, Casimiro detiene al animal y José levanta la pata, limpia y raspa
con gran efusión la pezuña, a la que da el tamaño apropiado.
La
forja siempre está lista, con la lumbre a tiempo, con los fierros calentándose
hasta llegar a la incandescencia, y con la pila de agua a distancia para
enfriar los fierros.
El
humo de esa lumbre brava, se mete por todos los poros de la piel, el tizne se
pega sin compasión, y uno huele, como debe oler cualquier trabajador a su
propio oficio. El demonio está presente como invocado por las beatas que pasan
a la misa. Las ciudades grandes no saben del infierno. Ya no saben ni de beatas
ni de llamadas a misa. Todo se volvió extraño.
La
boca destila azufre, una pastosidad que sale desde los pulmones de todos hasta
chocar en las propias narices del de enfrente. Las flatulencias acosan, el olor
a huevo podrido, el pulmón de estiércol. Es el diablo que mata a la gente.
Quizás
porque por ello a José no le gustan los chiquillos cerca, posiblemente porque
desconfía que les pase algo, comprende que una gota de ese líquido vertido, no
da tiempo de nada, hace un agujero si te cae en un pie, no importa que traigas
huarache, te penetra como sol de mediodía.
—¿Qué
haces, José? —le gritan. —¡Futuro y paciencia! —contesta. Mueve la cabeza
porque sabe que el futuro de sus casquillos sonarán en las piedras y rechinarán
entre los guijarros cuando quieran detenerse en las bajadas de las lomas.
Él
siente ese aire de libertad de los animales en el camino, no el infierno de la
fragua que tiene cerca. Hace sueños, ve en la fragua, el origen del caos.
"San
Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.
"Sé
nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
"Reprímale
Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al
infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que
andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén”. (Del santo
Papa León XIII)
El
infierno es eterno. Esto no es tan sólo emotivo, se inunda de fantasías que
rondan por la noche. Teme soñar, el sueño inconsciente lo lleva por lugares y
situaciones que él no quiere. Mejor soñar sobre el fuego de la fragua, pues
sabe cuándo gritarle a Casimiro ¡fuego! y el otro sabe cómo y cuándo hay que
apretar el fuelle.
Algunos
años después todo desapareció, José se fue buscando las pocas mulas caballos y
burros que quedaban; los caminos se hicieron de asfalto, en las formas de vida
de la gente el diablo quedó como feo lugar. Lo estético de maneras del infierno
desapareció, un impactante viaje al interior del mundo, para buscar los
poderosos resortes que lo mueven y transitar por esta tierra con más sueños.

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