Ago 16, 2017
¡El
diablo existe! Se oyó decir a la abuela una vez más, cuando ella prendía fuego
en un fogón de leña, que ahumaba todo el recodo del pasillo oscuro. Para ello
había que agacharse, a la altura de los tobillos y así en cuclillas uno sentía
que con las lágrimas que el humo nos sacaba, uno aventaba el miedo, soplando
con insistencia para que ardiera hasta el propio infierno en esos momentos.
De
aquella fantasmagoría, la voz de la abuela, salía entre leguas de fuego y del
humo que se pegaba a la piel y a los pulmones. ¡El diablo existe! era una gran
afirmación, a la que ella agregaba: sus ojos eran rojos, humeantes, encendidos,
con la piel y las patas de cabra. En las narraciones de la abuela, el diablo
siempre se quedaba en la cima de un árbol, masticando maldiciones, aventándolas
a los cuatro vientos. Mi abuela lo vio, -decía- y que nunca le tuvo miedo, pues
sacaba el santo rosario y cada una de las aves María que repetía, era como una
bala que le pegaba a cuatro.
¡El
diablo existe! ese cuerpo lleno de llagas y pus que aventaba un líquido para
que la gente se estigmatizara y se maldijera.
En
ese momento de la historia nos cubríamos, pues sentíamos que al no hacerlo
sería mortal. Cualquier enfermedad de la piel era diabólica, ya que recordaba
el momento en que el diablo se sentía agredido. Cuando la plática de la abuela
avanzaba, hasta este momento el café ya había hervido y la carne comenzaba a
chispear soltando la manteca que hacia sabroso el guisado con chile martajado;
las tortillas se calentaban, y a hacer tacos con sal de grano. Teníamos hambre
y el café en pocillo de peltre generaba un reto especial; su calor quemaba la
boca, por ello teníamos que dar sorbos y pequeños toques al filo, hasta que cedía
el calor, entonces el gozo del café florecía. De vez en cuando se oía decir
¡está caliente! expresión acompañada de una cascada de risas sordas y
socarronas que se escuchan con la clásica pregunta de Alfonso Vázquez Sotelo
maliciosa y tonta ¿te quemaste?
Los
abuelos se casaron en tiempos de la persecución (1927), a escondidas y casi de
madrugada. Para festejar dieron chocolate y conchas de desayuno, sonrisas y
discreción. En la foto de matrimonio el abuelo viste una camisa blanca limpia;
la abuela, tiene una indumentaria discreta, nadie hubiera sospechado de esa
celebración. Había persecución, cuando el gobierno mexicano, asesorado por el
propio diablo, se volvió contra el pueblo católico. El presidente Calles era el
diablo. Además de dar muerte a buenos cristianos, su cuerpo fue víctima de su
mal proceder, generó llagas y pus, prueba irrefutable de su pacto con el mismo
Lucifer. El turco sin alma pagó al diablo con sus grandes enfermedades de piel,
como leproso; los males que hizo a tanta gente.
El
diablo cobra también sus favores, decía la abuela en tono acusatorio. ¡El diablo existe! Y continuaba: la eternidad
junta no ha de alcanzar para maldecir a ese tirano ¡mal nacido! En la propia
eucaristía alguien vio al malvado en llamas del infierno.
El
presidente Calles pensó que se enfrentaría a soldaditos llenos de miedo como
los de la revolución, pero nada, éstos, los nuestros, eran bragados, buenos
jinetes y fieles cristianos, católicos a más no poder. El gobierno todo nos
quita, exclama la abuela, como si repasara un listado para la comida, nuestro
maicito, nuestras pasturas, nuestros animalitos y como si le pareciera poco
quiere que vivamos como animales sin religión, sin DIOS: pero esto último no lo
verán sus ojos, porque cada vez que se ofrezca, hemos de gritar de a deveras:
¡Viva Cristo rey! viva la virgen de Guadalupe ¡Viva la Unión Popular! ¡Muera el
gobierno! ¡Muera el gobierno!!
La
muína no se le quita, la abuela se enoja crispando los dientes, bonitos dientes
por cierto, parejitos y completos, blancos como el alba misma. Para las
jaculatorias y el rosario no había nadie mejor que ella, pues no solo se
trataba de decir o repetir, sino de ponerle un gran sentido a las oraciones,
capaz de hacer sentir cerquita las aves María y los padres nuestros. Con las advocaciones a cualquier santo
parecía como si lo llamaras desde la ventana para irse a correr al campo a oler
las flores de San Juan, que son chiquitas, rudas como lija para el viento en el
campo.
Como
sería el mundo religioso de mi abuela, tan santificado a mañana, mediodía,
tarde y noche, que mi abuelo era visto como un socarrón e incrédulo. Luego
venia el olor a orégano y ruda, que dejaban los que por el pasillo se iban;
cuando las plantas rosaban ese olor a frescura que impregnaba la cocina.
¡El
diablo existe! genes, infiernos y diablos juntos. Salimos corriendo, no nos dio
oportunidad de recoger nada, Santos llegó y dijo: hay trabajo y comida en
Silao, y yo me pregunté ¿y dónde es eso? -Dijo la abuela.
Teníamos
que huir pues venían los de la federación a sacar católicos hasta debajo de las
piedras. Dicen que el gobierno no es rencoroso pero que me lo digan a mí, se
desquitaron con lo poco que nos quedaba, a mí solo me dio oportunidad de
agarrar a mis santos y algo de comida y salimos como ánimas en penas,
parecíamos perseguidos por el mismo faraón.
Yo
digo que nos quitaron todo, comenzamos de nuevo nuestras vidas pero a nuestra
religión, no permitimos que la zarandearan. Por eso yo voy conquistando poco a
poco el cielo, para no ver a este tirano en la eternidad. ¿Usted qué opina
estimado lector?

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