lunes, 2 de octubre de 2017


Ago 16, 2017

¡El diablo existe! Se oyó decir a la abuela una vez más, cuando ella prendía fuego en un fogón de leña, que ahumaba todo el recodo del pasillo oscuro. Para ello había que agacharse, a la altura de los tobillos y así en cuclillas uno sentía que con las lágrimas que el humo nos sacaba, uno aventaba el miedo, soplando con insistencia para que ardiera hasta el propio infierno en esos momentos.

De aquella fantasmagoría, la voz de la abuela, salía entre leguas de fuego y del humo que se pegaba a la piel y a los pulmones. ¡El diablo existe! era una gran afirmación, a la que ella agregaba: sus ojos eran rojos, humeantes, encendidos, con la piel y las patas de cabra. En las narraciones de la abuela, el diablo siempre se quedaba en la cima de un árbol, masticando maldiciones, aventándolas a los cuatro vientos. Mi abuela lo vio, -decía- y que nunca le tuvo miedo, pues sacaba el santo rosario y cada una de las aves María que repetía, era como una bala que le pegaba a cuatro.

¡El diablo existe! ese cuerpo lleno de llagas y pus que aventaba un líquido para que la gente se estigmatizara y se maldijera.

En ese momento de la historia nos cubríamos, pues sentíamos que al no hacerlo sería mortal. Cualquier enfermedad de la piel era diabólica, ya que recordaba el momento en que el diablo se sentía agredido. Cuando la plática de la abuela avanzaba, hasta este momento el café ya había hervido y la carne comenzaba a chispear soltando la manteca que hacia sabroso el guisado con chile martajado; las tortillas se calentaban, y a hacer tacos con sal de grano. Teníamos hambre y el café en pocillo de peltre generaba un reto especial; su calor quemaba la boca, por ello teníamos que dar sorbos y pequeños toques al filo, hasta que cedía el calor, entonces el gozo del café florecía. De vez en cuando se oía decir ¡está caliente! expresión acompañada de una cascada de risas sordas y socarronas que se escuchan con la clásica pregunta de Alfonso Vázquez Sotelo maliciosa y tonta ¿te quemaste?

Los abuelos se casaron en tiempos de la persecución (1927), a escondidas y casi de madrugada. Para festejar dieron chocolate y conchas de desayuno, sonrisas y discreción. En la foto de matrimonio el abuelo viste una camisa blanca limpia; la abuela, tiene una indumentaria discreta, nadie hubiera sospechado de esa celebración. Había persecución, cuando el gobierno mexicano, asesorado por el propio diablo, se volvió contra el pueblo católico. El presidente Calles era el diablo. Además de dar muerte a buenos cristianos, su cuerpo fue víctima de su mal proceder, generó llagas y pus, prueba irrefutable de su pacto con el mismo Lucifer. El turco sin alma pagó al diablo con sus grandes enfermedades de piel, como leproso; los males que hizo a tanta gente.

El diablo cobra también sus favores, decía la abuela en tono acusatorio.  ¡El diablo existe! Y continuaba: la eternidad junta no ha de alcanzar para maldecir a ese tirano ¡mal nacido! En la propia eucaristía alguien vio al malvado en llamas del infierno.

El presidente Calles pensó que se enfrentaría a soldaditos llenos de miedo como los de la revolución, pero nada, éstos, los nuestros, eran bragados, buenos jinetes y fieles cristianos, católicos a más no poder. El gobierno todo nos quita, exclama la abuela, como si repasara un listado para la comida, nuestro maicito, nuestras pasturas, nuestros animalitos y como si le pareciera poco quiere que vivamos como animales sin religión, sin DIOS: pero esto último no lo verán sus ojos, porque cada vez que se ofrezca, hemos de gritar de a deveras: ¡Viva Cristo rey! viva la virgen de Guadalupe ¡Viva la Unión Popular! ¡Muera el gobierno! ¡Muera el gobierno!!

La muína no se le quita, la abuela se enoja crispando los dientes, bonitos dientes por cierto, parejitos y completos, blancos como el alba misma. Para las jaculatorias y el rosario no había nadie mejor que ella, pues no solo se trataba de decir o repetir, sino de ponerle un gran sentido a las oraciones, capaz de hacer sentir cerquita las aves María y los padres nuestros.  Con las advocaciones a cualquier santo parecía como si lo llamaras desde la ventana para irse a correr al campo a oler las flores de San Juan, que son chiquitas, rudas como lija para el viento en el campo.

Como sería el mundo religioso de mi abuela, tan santificado a mañana, mediodía, tarde y noche, que mi abuelo era visto como un socarrón e incrédulo. Luego venia el olor a orégano y ruda, que dejaban los que por el pasillo se iban; cuando las plantas rosaban ese olor a frescura que impregnaba la cocina.

¡El diablo existe! genes, infiernos y diablos juntos. Salimos corriendo, no nos dio oportunidad de recoger nada, Santos llegó y dijo: hay trabajo y comida en Silao, y yo me pregunté ¿y dónde es eso? -Dijo la abuela.

Teníamos que huir pues venían los de la federación a sacar católicos hasta debajo de las piedras. Dicen que el gobierno no es rencoroso pero que me lo digan a mí, se desquitaron con lo poco que nos quedaba, a mí solo me dio oportunidad de agarrar a mis santos y algo de comida y salimos como ánimas en penas, parecíamos perseguidos por el mismo faraón.


Yo digo que nos quitaron todo, comenzamos de nuevo nuestras vidas pero a nuestra religión, no permitimos que la zarandearan. Por eso yo voy conquistando poco a poco el cielo, para no ver a este tirano en la eternidad. ¿Usted qué opina estimado lector? 

No hay comentarios:

Publicar un comentario