Oct 04, 2017
Ojos de miel
¡Deje de ver el infinito así! me
pone nervioso. Siempre tengo mis precauciones con esa gente que ve con los ojos
apeñuscados como esperando que salte la sorpresa por el lugar más inesperado.
Hay una lejanía como buscándole
satélites al firmamento y rascándole con esa
mirada de sosiego lujuriante.
No es cosa de ojos, es cosa de
mirada, de la sensación de dominio que
provocan. ¿Y qué hacer? Someterse al más intrépido de los hombres, a los que tienen un camino ya recorrido aunque sea la
primera vez que lo transitan. Son ojos de miel tensados un poco con la
profundidad de las minas y las almas de lluvia que giran en la montaña y las
cañadas.
Quienes tienen los ojos de miel poseen un dominio de
sí mismos y siempre están alertas a coger por el rabo hasta al mismo diablo si
éste sale de sorpresa en el remolino de
los caminos.
Es distinción de la familia los ojos pero no esa mirada que da
celos a la miel virgen y a las abejas
trabajadoras, pues al zángano le tiene sin cuidado.
La tía tenía la mirada de miel,
misma que escondía con recato en el reboso que olía a limpio, a lejía y a
martirio; como que por los ojos de miel era culpable. Chaparrita, castaña, con
un peinado apretado, fumaba unos cigarros tan eternos como el humo mismo; en lo
íntimo ella platicaba mucho y en público era una sombra que untaba a las
paredes y al camino.
Al bautizo de la mañana cuando el
lucero es más brillante, la tía prendía el carbón o la leña para calentar
café. En la mañana eres un nuevo
recuento de las cosas de la vida. Ella misma se decía cosas de cómo aprovechar
la luz, el agua; su fuerza estaba ahí, por ello comenzaba una jornada de
labores intensas que no paraban hasta bien entrada la noche profunda. En el día
tenía un descanso que ocupaba para darse
un baño entre la tarde y la noche.
Se sabía sola y lo estaba, por
ello esperaba con una terquedad insuperable. Apostaba todo su capital al azar,
esa ilusión que tiene un mar de distancia, loco, burlón, punzante por ello
siempre vivía tallándole el lomo a la esperanza.
Con un hombre había tenido una
relación nada buena que terminó el mismo día del matrimonio, ese maldito
destino más pegado a la tragedia que al drama, volvió el matrimonio en
martirio. Con los buches de bilis en la boca, aventaba su propia existencia y
mirada fija. Desafiante y contundente se le formó como una mancha para
siempre, permaneció en ella como
centinela vigilante como ruina de misterios.
La tía quería matar al propio destino, o meterse corriendo en la selva
para no ser vista. Pero tuvo que regresar a tener hijos.
Raúl, el hijo mayor, se le
extravió. La ciudad se lo llevó como el rio se lleva a su paso todo; los
recuerdos fueron una memoria interrogada. Treinta y cinco años después lo reencontró
en prisión hecho un malandro rencoso de
la vida, dándole golpes a una pared y lamentando su extravío. Obvio que él le
echó la culpa a ella, a su propia madre quien cada segundo lloró su pérdida y
el haberle cambiado la historia personal.
Ella me comentaba que le hubiera gustado ese día del
encuentro haber llorado juntos toda la noche,
todas las noches de ausencia mutua. La vida de Raúl no cambió, siguió
robando con lujo de fuerza y recayendo en esa prisión tan nefasta como fue
Lecumberri. Las vistas a la prisión se
volvieron cada vez sufrimiento y llanto.
Juan, el segundo hijo de mi tía,
se perdió para siempre; el salió de casa
y no supo regresar. Dicen que días después de haber muerto la tía, algunos
hijos de ese Juan enigmático, vinieron a conocerla. Eso no se dio ¡no estaba de
Dios el conocerse! dijeron murmurando, las hijas del tal Juan.
El tercero, Simón, le dio una
pena continua. Una vez crecido, tomó la copa como excusa a una falta de
explicación de vida y de la suerte.
Por ello les digo que la mirada
fija en el destino es sorpresiva, es de
solitarios, de gente que le insinúa a
valentones “encaja esa daga”; solo me darás otra vida donde el
sufrimiento termine y aparezca la vida eterna, donde dicen esta la paz.

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