Ago 30, 2017
En
la mañana me levante, me estire como gato, sabroso, con la tranquilidad de que
todo lo tenía en orden; tenía tiempo suficiente para las cosas domésticas.
Sabía que si me bañaba rápido, podría desayunar con tranquilidad en los tacos
de las gordas. Unas señoras güeras y amables que ofrecían guisos con una
sonrisa. Si me quedaba viendo el noticiero, tendría oportunidad de ver el
segmento del clima, tan visualmente atractivo con mujeres que dan el tiempo.
Las
noticias son las mismas, los anuncios se modelan con determinado tiempo, todo
está sincronizado con las mismas notas con distinto conductor y en los mismos
tiempos los anuncios; por la mañana, los anuncios son de olores, como cuidar
que no te huelan los pies, las axilas, la boca; y otra ronda de anuncios
ofrece alimentación sana con el yogur
fulano, que tiene una vitamina tal que deja el cuerpo lleno de energía positiva
para desarrollar las cuestiones del día.
Vi
mi celular y tenía 119 whatsaaps que esperaban su lectura, y solo cuatro
Messenger que me saludaban; había un recado suelto que decía: ¡Ve a Cómala! ¡No se te olvide!
Cuando
murió mi mama nos dijo a todos los
hermanos: vayan a Cómala. Ninguno de los hermanos le hicimos caso.
Pero,
¿porque aparecía este mensaje en este día tan tranquilo?
El
trabajo siguió su curso y de pronto me dijeron que debería ir a una exposición
a ofertar nuestro nuevo programa en almacenamiento de datos. Yo había estudiado
mecatrónica y me desenvolvía bien en la empresa. En ese momento había varias
exposiciones en el país simultáneamente, (Guadalajara, Morelia, Zamora,
Culiacán y León).
Me
asignaron León, Guanajuato. Viajaría por avión, así que tuve que esperar en el
aeropuerto la salida a esa ciudad
guanajuatense. Revise mi celular, marcaba de nueva cuenta el mensaje; ¡Ve a
Cómala! ¡No se te olvide! Pronto
anunciaron la salida y nos arremolinamos en la sala 75; fui de los primemos en
abordar. Había que hacer un vuelo de 45 minutos. Traía unos puntos de una
presentación en computadora que no me cuadraban, por ello me instale pronto en
el asiento 5F, saque mi lap top, compuse los asuntos pendientes de la
presentación, cuando anunciaron que pronto arribaríamos al aeropuerto del
Bajío. Ya entonces cerré la computadora para solo ocuparme en ver esos cerros
de Guanajuato, sobre el todo el Cubilete tan emblemático y de figura tan
caprichosa como un león echado. Según me platico la señora que compartía
asiento en la misma fila, era un volcán apagado.
De
la cabina del piloto de pronto se escuchó en el alta voz al capitán Pérez
Segovia: “les pido un poco de paciencia, las pistas del aeropuerto están saturadas.
Mientras, observen este hermoso cielo y paisaje, esta vista privilegiada es un
regalo de la naturaleza, solo tardaremos 10 minuto más”.
En
este recorrido entorno al aeropuerto, la señora de buena edad me decía que se
llamaba Isabel, a la vez que hizo una muina ¿Le sucede algo? “¿Del Bajío?, este aeropuerto está en Silao;
en terrenos de Silao; siempre se quieren llevar el crédito y el patrimonio
nuestro a otras ciudades”.
Como
si de pronto hubiera brotado un cascada de palabras me dijo; ¡Mire usted, yo
soy de Silao! Aquí crecimos con las enseñanzas de unos padres estrictos como
los de antes en Silao, teníamos una propiedad de toda la cuadra, el Mesón de
San Antonio, que era famoso entre los arrieros que iban rumbo a Guadalajara y
Colima.
Por
ellos sabíamos los sones alteños, como “Camino real de Colima”; “El son de los
aguacates” y otros más.
Estos
arrieros bajaban y subían a los altos de Jalisco según vea usted, los que iban
para allá era para arriba y los que venían para acá era para abajo.
Me
quede dormido y desperté en el Mesón con sueños de miedo, de angustia, una
angustia profunda, con miedos desde la infancia. Estaba en el Mesón con los
ojos de doña Isabel, mirándome fijamente.

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