lunes, 2 de octubre de 2017

Ago 30, 2017

En la mañana me levante, me estire como gato, sabroso, con la tranquilidad de que todo lo tenía en orden; tenía tiempo suficiente para las cosas domésticas. Sabía que si me bañaba rápido, podría desayunar con tranquilidad en los tacos de las gordas. Unas señoras güeras y amables que ofrecían guisos con una sonrisa. Si me quedaba viendo el noticiero, tendría oportunidad de ver el segmento del clima, tan visualmente atractivo con mujeres que dan el tiempo.

Las noticias son las mismas, los anuncios se modelan con determinado tiempo, todo está sincronizado con las mismas notas con distinto conductor y en los mismos tiempos los anuncios; por la mañana, los anuncios son de olores, como cuidar que no te huelan los pies, las axilas, la boca; y otra ronda de anuncios ofrece  alimentación sana con el yogur fulano, que tiene una vitamina tal que deja el cuerpo lleno de energía positiva para desarrollar las cuestiones del día.

Vi mi celular y tenía 119 whatsaaps que esperaban su lectura, y solo cuatro Messenger que me saludaban; había un recado suelto que decía:  ¡Ve a Cómala! ¡No se te olvide!

Cuando murió mi mama nos dijo a todos los  hermanos: vayan a Cómala. Ninguno de los hermanos le hicimos caso.

Pero, ¿porque aparecía este mensaje en este día tan tranquilo?

El trabajo siguió su curso y de pronto me dijeron que debería ir a una exposición a ofertar nuestro nuevo programa en almacenamiento de datos. Yo había estudiado mecatrónica y me desenvolvía bien en la empresa. En ese momento había varias exposiciones en el país simultáneamente, (Guadalajara, Morelia, Zamora, Culiacán y León).

Me asignaron León, Guanajuato. Viajaría por avión, así que tuve que esperar en el aeropuerto la salida  a esa ciudad guanajuatense. Revise mi celular, marcaba de nueva cuenta el mensaje; ¡Ve a Cómala! ¡No se te olvide!  Pronto anunciaron la salida y nos arremolinamos en la sala 75; fui de los primemos en abordar. Había que hacer un vuelo de 45 minutos. Traía unos puntos de una presentación en computadora que no me cuadraban, por ello me instale pronto en el asiento 5F, saque mi lap top, compuse los asuntos pendientes de la presentación, cuando anunciaron que pronto arribaríamos al aeropuerto del Bajío. Ya entonces cerré la computadora para solo ocuparme en ver esos cerros de Guanajuato, sobre el todo el Cubilete tan emblemático y de figura tan caprichosa como un león echado. Según me platico la señora que compartía asiento en la misma fila, era un volcán apagado.

De la cabina del piloto de pronto se escuchó en el alta voz al capitán Pérez Segovia: “les pido un poco de paciencia, las pistas del aeropuerto están saturadas. Mientras, observen este hermoso cielo y paisaje, esta vista privilegiada es un regalo de la naturaleza, solo tardaremos 10 minuto más”.

En este recorrido entorno al aeropuerto, la señora de buena edad me decía que se llamaba Isabel, a la vez que hizo una muina ¿Le sucede algo?  “¿Del Bajío?, este aeropuerto está en Silao; en terrenos de Silao; siempre se quieren llevar el crédito y el patrimonio nuestro a otras ciudades”.

Como si de pronto hubiera brotado un cascada de palabras me dijo; ¡Mire usted, yo soy de Silao! Aquí crecimos con las enseñanzas de unos padres estrictos como los de antes en Silao, teníamos una propiedad de toda la cuadra, el Mesón de San Antonio, que era famoso entre los arrieros que iban rumbo a Guadalajara y Colima.

Por ellos sabíamos los sones alteños, como “Camino real de Colima”; “El son de los aguacates” y otros más.

Estos arrieros bajaban y subían a los altos de Jalisco según vea usted, los que iban para allá era para arriba y los que venían para acá era para abajo.


Me quede dormido y desperté en el Mesón con sueños de miedo, de angustia, una angustia profunda, con miedos desde la infancia. Estaba en el Mesón con los ojos de doña Isabel, mirándome fijamente.

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