
May 11, 2018
Profeta en la montaña
Mi
abuelo fue marinero. Aunque no sé en verdad si sabía nadar. Cuando se embarcó,
en Manzanillo, le dijeron aquí cerquita vamos, a San Francisco. Entonces llegó
a California a principios del siglo XX, cuando tenía 17 años. Se trepó a un
barco que él mismo sentía de menor calaje que el resto de los que estaban en la
bahía; nuestros barquitos parecían cáscara de nuez.
Había
aprendido a callar y hablar, "sólo los mayores hablan”, había escuchado
siempre. Callar era obediencia, escuchar un mecanismo, con ello se afirmaba la
autoridad en esa época.
Cuando
hablaba debía ser claro y preciso, sin hacer perder el tiempo a los demás y
menos a una autoridad por pequeña que fuera. Las palabras tienen solemnidad
(había aprendido), se dicen para decir la verdad. Por ello se había ido de la
casa, porque le sobraron palabras la noche en que le gritó también al padre tambaleante,
lleno de alcohol, que no debería golpear a su madre.
Le
dolió toda la vida, se fue de la casa con el grito desorbitado y jactancioso de
un padre que imponía la autoridad a diestra y siniestra. Se alejó, quiso poner
tierra de por medio, quiso buscar primero un refugio, luego un consuelo, luego
el recuerdo le dio la vuelta hasta llegar de nuevo al principio, y tocarle de
nueva cuenta el desconsuelo. Un periplo que duró toda la vida, su vida.
En
algo le benefició esta salida, no estuvo en la Revolución, ni le tocó la muerte
como a tantos compañeros les había sucedido. Pero la ausencia lo hizo hosco,
solitario, desconfiado, orgulloso, altivo, duro… el peor de los hombres del
pueblo. Comía curas, retaba las sentencias bíblicas con despecho, y cuidaba no caer
en aromáticas actitudes de hombres burgueses.
Le
gustaba el trabajo, y a eso se dedicó toda la vida, a trabajar; su enseñanza
más clara era que deberíamos ser hombres. Se había casado con Victoria, una
niña de sociedad, con amargo en los amores, ella buscaba eso precisamente, al
peor de los hombres, un poco para vengar el lado oscuro de su historia y lo
encontró.
Para
1920 se casó. Siguió viajando a Estados Unidos con la frecuencia de las
temporadas de cosecha, aunque lo de él era el riel. Fue en esas pláticas
truncas sacadas a tirabuzón cuando nos dimos cuenta de la xenofobia a los
chinos, el peligro amarillo. De la Primera Guerra Mundial (la conflagración más
grande de la historia), se terminó la Revolución Mexicana y a recoger la casa.
De
la depresión del 29, del viajar a Estados Unidos cada vez más espaciado, con
menos agrado, en eso cuenta también la edad, rondar los cuarenta y medio no era
una situación menor. También allá, sin arraigo, solo, con el amargo de la vida,
con cuatro hijos y el sostén desvencijado, la única propiedad, el mesón de San
Antonio.
Cazar
ballena, sentir el frío del glaciar, colmar los ojos de la aurora boreal, eran
sensaciones que le tomaban las arrugas de la cara hasta estirárselas llenas de
gozo.
Prendía
un cigarro y el humo le subía hasta hacerlo parecer profeta en la montaña.
Ahora lo recuerdo, viejo, sentado en el umbral del taller mecánico, que
recientemente, había adquirido ese nuevo oficio, pues desde siempre se le había
dedicado a ser mesón de paso, a cuidarlo.
Para
entonces sus ojos tenían una mirada larga, puesta en un horizonte imaginario,
más que descubrir lugares se aferraban a la seguridad o a la angustia de
sobrevivir. Viajaba en el mar, eso le hacía estirarse para ver la orilla, en un
imaginario de seguridad que rondaba a mañana, tarde o noche.
Fumar
fue el signo que distinguió su tranquilidad en una vejez que sólo tenía
chispazos de recuerdo. Tenía un Cristo de buen tamaño que había sido heredado a
la vez por todos los Vázquez que lo antecedieron. Lo dejó en tradición a
Melchor, el penúltimo de los hijos, quien lo tiene en resguardo como quien
tiene algo preciado y apreciado por él. El día de su muerte, el crisol de la
fundidora estaba siendo alimentado para vaciar unos lingotes de bronce; el
líquido del metal recibía con serenidad el alimento del fuego, yo traía cinco
centavos y los aventé a ese crisol pidiendo que el abuelo no muriera. Sucedió
lo contrario. A las 8:30 del día 1 de diciembre dejó de existir. Su muerte, a
muchos años de sucedida, tiene algo de inmensidad y valentía; todo esto uno lo
encuentra escarbando fuerte en el recuerdo y la memoria.
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