
Abr 27, 2018
Día del Niño
La
celebración del Día del Niño en México inició en el gobierno de Álvaro Obregón,
en la época en que José Vasconcelos era secretario de Educación. Cabe recordar
que era una institución recién aperturada en el año de 1921.
La
idea de festejar a los niños representaba un torcer en sentido inverso a las
ideas que siempre estaban en boga hasta esas fechas. El niño desde corta edad debe ayudar a las
labores y pronto debe tener un oficio al cual ha de dedicarse sin una razón más
grande que la de cumplir su cruz, ya que a eso habían venido también: a ganar
el pan con el sudor de su frente.
México
se adelantó 34 años a la declaración del Día del Niño. La Organización de las
Naciones Unidas dio el 20 de noviembre 1959 en Ginebra, Suiza, como día en que
se reconocía o reafirmaba los derechos de los niños.
En
mi tiempo de niño se tenían aún unas celebraciones algo confusas y poco
lucidas. En los años 60 teníamos una celebración de entretenimiento en donde
nos pedían 40 centavos y el Día del Niño, 30 de abril, nos ofrecían una función
de cine algo sui géneris. En el salón
más grande de la escuela nos reunían a cuatro salones de niños y niñas; nuestra
escuela era oficial, urbana y del estado con un solo turno divido en dos
visitas a la escuela; mañana y tarde.
Lo
que les platico se desarrollaba por la mañana, entonces se tapaba la luz del
salón. Para la función de cine llegaba un señor que traía la máquina de
proyección y por lo regular era una película de lucha libre; después de un rato
comenzaba un calor que poco a poco comenzaba a abarcar todo el local, el calor
subía y subía de tono y apretados como estábamos, las gotas de sudor inundaban
nuestra cabeza.
Chorreábamos
hasta el último cabello en ese especie de sauna peculiar; por los 40 centavos
que habíamos dado obteníamos derecho a un refresco (Pep de naranja), caballitos
Aga, también había unos llamados de doble cola que dejaban una saliva gruesa
con un resabio de azúcar impresionante. Cualquier refresco ofrecido estaba caliente, tan
caliente puesto que los habían traído del patio dond se habían calentado con el sol.
Nos
tomábamos el refresco con alegría, con una suerte de enigma feliz, nos
divertíamos con todo: Juntado las fichas de todos los refrescos destapados, con
los trozos de película que el proyectista deja tiradas cuando se cortaba la
película. También nos tumbábamos a la salida de la función como lo hacían El
Santo o Blue Demon. Los gorditos
sudorosos eran como La Tonina Jackson, todo eso se prolongaba de regreso hasta
que en la esquina de la casa cada uno de los que veníamos juntos tomaba rumbo a
su casa y entonces sentíamos una frescura de aire y de alegría que se
prolongaba toda la tarde, en la que ya no regresábamos al turno vespertino.
Todo
fue fortaleciendo la convicción de que los niños tenían derechos y que debían
ejercerlos; de los golpes que alguna vez recibimos sólo queda la duda de si eso
era castigo o costumbre, y de si la permisividad que dimos a nuestros hijos fue
tan conveniente que ahora no haya arrepentimiento.
Por
lo que entonces pienso que los nietos deben tener inspiración distinta, mejor
equilibrio, más espíritu de libertad, igualdad, fraternidad, eso que concentra
un revolucionario nato.
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