viernes, 8 de junio de 2018




 

Abr 27, 2018
Día del Niño

La celebración del Día del Niño en México inició en el gobierno de Álvaro Obregón, en la época en que José Vasconcelos era secretario de Educación. Cabe recordar que era una institución recién aperturada en el año de 1921.
La idea de festejar a los niños representaba un torcer en sentido inverso a las ideas que siempre estaban en boga hasta esas fechas.  El niño desde corta edad debe ayudar a las labores y pronto debe tener un oficio al cual ha de dedicarse sin una razón más grande que la de cumplir su cruz, ya que a eso habían venido también: a ganar el pan con el sudor de su frente.
México se adelantó 34 años a la declaración del Día del Niño. La Organización de las Naciones Unidas dio el 20 de noviembre 1959 en Ginebra, Suiza, como día en que se reconocía o reafirmaba los derechos de los niños.
En mi tiempo de niño se tenían aún unas celebraciones algo confusas y poco lucidas. En los años 60 teníamos una celebración de entretenimiento en donde nos pedían 40 centavos y el Día del Niño, 30 de abril, nos ofrecían una función de cine algo sui géneris.  En el salón más grande de la escuela nos reunían a cuatro salones de niños y niñas; nuestra escuela era oficial, urbana y del estado con un solo turno divido en dos visitas a la escuela; mañana y tarde.

Lo que les platico se desarrollaba por la mañana, entonces se tapaba la luz del salón. Para la función de cine llegaba un señor que traía la máquina de proyección y por lo regular era una película de lucha libre; después de un rato comenzaba un calor que poco a poco comenzaba a abarcar todo el local, el calor subía y subía de tono y apretados como estábamos, las gotas de sudor inundaban nuestra cabeza.
Chorreábamos hasta el último cabello en ese especie de sauna peculiar; por los 40 centavos que habíamos dado obteníamos derecho a un refresco (Pep de naranja), caballitos Aga, también había unos llamados de doble cola que dejaban una saliva gruesa con un resabio de azúcar impresionante. Cualquier  refresco ofrecido estaba caliente, tan caliente puesto que los habían traído del patio dond  se habían calentado con el sol.
Nos tomábamos el refresco con alegría, con una suerte de enigma feliz, nos divertíamos con todo: Juntado las fichas de todos los refrescos destapados, con los trozos de película que el proyectista deja tiradas cuando se cortaba la película. También nos tumbábamos a la salida de la función como lo hacían El Santo o Blue Demon.  Los gorditos sudorosos eran como La Tonina Jackson, todo eso se prolongaba de regreso hasta que en la esquina de la casa cada uno de los que veníamos juntos tomaba rumbo a su casa y entonces sentíamos una frescura de aire y de alegría que se prolongaba toda la tarde, en la que ya no regresábamos al turno vespertino.
Todo fue fortaleciendo la convicción de que los niños tenían derechos y que debían ejercerlos; de los golpes que alguna vez recibimos sólo queda la duda de si eso era castigo o costumbre, y de si la permisividad que dimos a nuestros hijos fue tan conveniente que ahora no haya arrepentimiento.
Por lo que entonces pienso que los nietos deben tener inspiración distinta, mejor equilibrio, más espíritu de libertad, igualdad, fraternidad, eso que concentra un revolucionario nato.

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