Ene 24, 2018
¿Y los recuerdos?
Muchos
años después de su muerte, una de las nietas recordaba muchos dichos de mis
padres, especialmente esa especie de quejumbre de mi padre que irrumpía como
una estampida de murciélagos a plena luz del día. Ese recuerdo que es tan puntual en mí, tan
preciso, tan lleno de significado me mueve a un recuerdo tan voraz de
sentimiento que uno se arroja a ese zarzal bullendo y con llamas competentes de
exterminar y limpiar cualquier imperfección.
Sin
duda esa prolongación de testimonios es la columna vertebral de recuerdos
familiares, que me sorprenden. Además de
ser una caja de Pandora, ellos dan la sensación de una imposición llevada a
terrenos de sometimiento. Expresar como articulaba tal personaje sonidos y
voces, es tener una arma secreta con la potestad de efectos inmediatos.
–
¿Qué te duele abuelo? Nada hijo, contestaba él.
–
Entonces ¿por qué te quejas tan lastimosamente?
–
Deja lo que me duele, tu solo fíjate el profesionalismo con el que lo hago, contestaba.
Recordar
en este contexto íntimo sin duda es aprisionar la imagen, la voz, los gestos y
el cariño que uno tiene de garantía de que el otro sí fue trascendente en la
vida. Eso prueba de que si pasó por la tierra y que vivió entre nosotros. Esas
historias de los antepasados siempre nos daban un orgullo entre la gente.
“La
palabra recuerdo emana del latín, y más exactamente del vocablo que estaba
compuesto por el prefijo re-, que es equivalente a “de nuevo,” y cordis, que es
sinónimo de corazón,” volver a pasar por el corazón.
En
cambio, mi abuela, que tenía momentos de agorera y vidente, salía siempre con
sus incógnitas, decía precisamente: que los recuerdos eran misterios ¡solo Dios
con su bendita sabiduría podía verlos, entenderlos y por supuesto dosificarlos
y meterlos en cintura!
Los
científicos actuales opinan sobre la psicología, que es un misterio; así como
lo decía mi abuela, hace ya 30 años de su muerte. Nada creía entonces uno hasta que hoy estamos
frente a un grave problema de recuerdo. Este olvido se da en personas que hace
60 años era unos niños que apenas recordaban cosas.
Ahora
estoy seguro que necesitamos casas del recuerdo mejor dotadas para alejar la
imprevisión, para que no se nos agolpe el atolondramiento. Casas para atención
de ancianos con peligro de olvido, no existen, ni pensarlo. La que hay, una que
otra privada y con altos costos, pero instancias públicas no, más bien solo
recuerdo los asilos. Y engancharse en
alguno de estos asilos de beneficencia en nuestro espacio es dificultoso
suponer.
¿Cuánto
cuesta una casa de ancianos, como las que se tiene memoria en Estados Unidos,
antes de la segunda guerra mundial? Pienso que sí debe invertírsele a la casa
del recuerdo pero más que nada tiempo para que sea construida con todo el
confort posible.
Un
lugar que huela a campo, que tenga sonidos de pájaros, que no se tenga frio,
que el calor no sea extremo, que sea afable en su camino, que tenga accesos con
barandales firmes y suaves a la vez. Que sea un lugar en donde se invoque a la
vida como la única cosa cierta que nos pasa.
Si
la felicidad de la vida son nuestros pensamientos, ¡cuidémoslos,
recordémoslos! Los recuerdos te pueden
matar definitivamente, aquí sería una casa, muchas casas, donde el espacio nos
permita retozar como niños con futuro.
Al respecto Mario Benedetti dice:
“Los
recuerdos nos llevan al origen
se
convierten de pronto en semilla
de
las oscuridades y las luces
que
vinieron después y despacito
con
la memoria vamos y volvemos”

No hay comentarios:
Publicar un comentario